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Crónicas de Economía Política

No.1

 LA ASIMETRÍA HISTÓRICA: EL MERCADO LLEGÓ TARDE A LA ECONOMÍA SUDCALIFORNIANA

Gilberto Piñeda Bañuelos

Durante miles de años la humanidad fue cazadora-recolectora pescadora,  la especie humana, como le conocemos ahora debe rondar el  millón de años de existencia, si es así,  podemos decir que durante más 980 mil años, hombres y mujeres en el planeta  fueron cazadores-recolectores-pescadores en condiciones climáticas radicalmente diferentes en cada época milenaria, por lo tanto, solo se producía lo necesario para la subsistencia, lo que los economistas llaman “producto necesario” que no es otra cosa más que el resultado del proceso de trabajo cooperativo de esos pueblos originarios que proporciona los alimentos, el agua, el lugar donde descansar, la protección de las inclemencias del tiempo y los instrumentos de trabajo para obteneros; habrá de imaginar esta vida errante de hombres y mujeres  que se asentaban por un tiempo en los lugares donde la naturaleza les proveía de alimentación y cobijo natural, y ante cualquier cambio en la naturaleza, les obligaba a mudarse a otros lugares; esa fue seguramente la vida humana durante miles de años, lo cual supone un conocimiento extraordinario de la naturaleza, de la madre tierra y de la madre  agua, como a veces se les llama, pues eran parte de ella.

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Pintura Rupestre estilo “Gran Mural” en la Cueva Pintada de la Sierra de San Francisco que ilustra una manifestación del producto del trabajo necesario de la economía cazadora-recolectora pescadora en la parte central de la California, María de la Luz Gutiérrez Martínez, 2017 (Foto: Elanie Moore)

Existen muchas versiones del momento histórico de larga duración en que la economía cazadora, recolectora, pescadora empezó a dejar de serlo, es decir, el momento en que el PRODUCTO NECESARIO se transformó en SOBREPRODUCTO SOCIAL, lo que se hace en llamar PRODUCTO EXCEDENTE que no es otra cosa más que el resultado del trabajo  de los pueblos originarios que acumula lentamente los inventos, descubrimientos y conocimientos nuevos que proporcionó una volumen mayor de alimentos lo que les permite contar con una reserva permanente de alimentos y de instrumentos de trabajo. Este proceso fue asincrónico y de muy larga duración se dio entre 20 mil y 10 mil años antes del presente cuando inicia la crianza y domesticación de animales y plantas que nosotros conocemos como ganadería y agricultura que se conoció como la revolución neolítica por iniciarse en esta época milenaria. Se atribuye a la mujer este descubrimiento que revolucionó la actividad económica de la humanidad que se expandió con la revolución metalúrgica (descubrimiento de los metales) y con ella la minería y la metalurgia, que revolucionó la agricultura con las nuevas herramientas aumentando la PRODUCTIVIDAD DEL TRABAJO que favoreció el crecimiento exponencial del sobreproducto social y desarrolló la manufactura.

 

     La producción de este excedente económico en la agricultura y la ganadería rebasó los límites del producto necesario, creo la condición para el cambio y por lo tanto los bienes de consumo y los bienes productivos se transforman en MERCANCÍAS y es así como aparece el MERCADO, después de miles de años.  A los bienes de autoconsumo se suman gradualmente los bienes para el cambio como condición previa para el consumo, y en la medida que el mercado se transforma en MERCADO DESARROLLADO se hace necesario un EQUIVALENTE GENERAL como medio de intercambio que toma la forma de DINERO.

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Evidencias arqueológicas de la economía cazadora-recolectora en los Ranchos Los Tamales y Los Encinitos de la Sierra de Cacahilas en las cercanías de La Paz (Pinturas rupestres y herramientas de trabajo de la etnia Guaycura: puntas de flecha). Foto: María de Los Ángeles Villavicencio, Cedohu, 28 de noviembre de 2020).

Mientras que al inicio del periodo neolítico en 10,000 aac. la península de la California apenas se estaba poblando por cazadores-recolectores-pescadores (hay evidencias arqueológicas en la Isla Espíritu Santo en la Bahía de La Paz que todavía estaba conectada con el macizo peninsular fechada  11 mil años a.p. y en la sierra de Guadalupe y San Francisco en el centro peninsular fechada en 12 mil años a.p.) en otras partes del planeta, hombres y mujeres descubrían que se podían domesticar animales y que se podían producir alimentos sembrando las semillas y así pasar de la recolección al cultivo y de la caza a la domesticación. Los pueblos originarios de la California, a diferencia del mundo indígena mesoamericano, por sí mismos nunca descubrieron la agricultura y la ganadería, ellos y ellas siguieron siendo cazadores-recolectores-pescadores, desde hace 12-11 mil años antes del presente hasta la ocupación colonial de finales del siglo XVII y la mitad del siglo XVIII que llevó a cabo la orden religiosa de los Jesuitas con la autorización de la corona española que establecieron un sistema misional en la media península del sur empezando con las fundaciones de la Misión de Nuestra Señora de Loreto (Conchó) en 1697 seguida por la Misión de San Francisco Javier (Viggé Biaundó) en 1699, Misión de San Juan Bautista (Malibat Ligüi) en 1705, la Misión de Santa Rosalía de Mulegé en 1705, la Misión de San José de Comondú en 1708, la Misión de San Miguel de Comondu, la Misión de Nuestra Señora de Guadalupe (Huasinapí) en 1720, la Misión de San Luis Gonzága (Chiriyaquí) en 1737, la Misión de La Purísima Concepción (Cadegomó) en 1717, la Misión de Nuestra Señora del Pilar de La Paz (Airapí) en 1720, la Misión de Nuestra Señora de Los Dolores (Chillá), la Misión de Santiago de los Coras (Añiti) en 1721 la Misión de San Ignacio (Kadakaamán) en 1728, , la Misión de San José del Cabo (Añuití) en 1930, Misión de Santa Rosa de Las Palmas y después Misión de Nuestra Señora del Pilar de Todos Santos en 1731-1733.

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Templos misionales de Nuestra Señora de Loreto, San Francisco Javier, Santa Rosalía de Mulegé y San Luis Gonzaga epicentro del sitio donde se practicaba la economía agrícola, ganadera y agroindustrial en La California. Fotos: Archivo Histórico Pablo L. Martínez (AHPLM).

La Jesuitas en sus crónicas cuentan la forma de economía de apropiación que existía entre los cazadores-recolectores-pescadores de la California. Por ejemplo, el jesuita Juan Jacobo Beagert cuando describe uno de los principales instrumentos de trabajo para obtener el PRODUCTO NECESARIO dice que “los arcos de los californios tienen una braza de alto, son poco curvos y por lo general, se hacen de la raíz de sauce silvestre…la cuerda cordel, la hacen de tripa. Sus flechas son de carrizo común y corriente, que suelen enderezar perfectamente sobre la lumbre; tienen muy bien sus seis palmos de largo y en su extremo interior y en su extremo inferior se ve una muesca para el asiento de la cuerda, tres o cuatro plumas del largo de un dedo, que no sobresalen mucho y que quedan embutidas en unas ranuras hechas a propósito. El otro extremo esta provista de una varita de madera pesada, de palmo y medio de largo, puntiaguda e inserta en la caña, en cuya punta queda comúnmente fijado todavía un pedazo de pedernal, de tres picos, como una lengua de la serpiente, y recortado como los dientes de una sierra”; por su parte, el padre jesuita Miguel del Barco cuenta que “los indios del sur hacen sus balsas de estos palos que tengan cosa de varas y media de largo. Todo su artificio se reduce a juntar cinco cinc o palos, pero de suerte que el que va en medio sea más largo que los laterales con lo cual forma una especie de proa. Por medio de unas estacas  de dos puntas que clavan en los palos, juntan unos con otros; y para más seguridad, los afianzan con más cordeles”; finalmente, el padre Miguel Venegas da cuenta que los utensilios que utilizaban los Californios “se reducen a una batea o tornillo grande y una taza u ortera, como copa de sombrero, pero puntiaguda; un hueso que les sirve de alesna, para componerla: un palillo para hacer lumbre; una red de pita en que recogen sus frutas y semillas; otra en forma de bolsa atada a una orqueta redonda de palo, en que cargan al hombro sus hijuelos; y finalmente el arco y la flecha a que algunos más delicados  y prevenidos añaden una concha para beber. Los que viven en las playas tienen además de esto algunas redes para pescar… Las mujeres carga estos trastos cuando van de una parte a otra…”. Estamos hablando de finales del siglo XVII y hasta el segundo tercio del siglo XVIII cuando en otras partes del planeta, hacía miles de años los pueblos originarios habían descubierto la domesticación de plantas (agricultura) y de animales (ganadería), cuando se habían descubierto lo metales (minería y metalurgia), cuando con estas revoluciones económicas habían nacido los centros urbanos y el trueque se había transformado en un comercio desarrollado; mientras que en la California los pueblos originarios seguían siendo cazadores-recolectores-pescadores.

 

     La ocupación de la California por la corona española a través de la orden religiosa de San Ignacio de Loyola, condenó a muerte al mundo indígena cazador-recolector-pescador que prácticamente extinguió casi por completo en casi un siglo y medio, después de haberla habitado durante más de 10 milenios, hubo varias razones, pero una es la principal: para poder mantener la domesticación de los animales que trajeron y desarrollar una ECONOMÍA GANADERA; para poder construir la infraestructura de barbecho, siembra, riego y cosecha, conocimiento  que también trajeron para desarrollar  una ECONOMÍA AGRÍCOLA; y, para poder instalar la infraestructura para la producción de vino y aceite de oliva, conservas y frutos secos, curtiduría de pieles, carnes, quesos, mantequilla, manteca, panocha, para desarrollar una ECONOMÍA AGROINDUSTRIAL; hubieron de ocupar un lugar privilegiado para la vida que fueron las cercanías de los arroyos, de los manantiales, delos ojos de agua, que durante miles de años fueron el epicentro de la vida humana en el mundo indígena en la California; en otras palabras, los indígenas cazadores-recolectores-pescadores fueron despojados de su territorio. Solo unos pocos indígenas californios que los Jesuitas lograron mantener en las misiones, conocieron los procesos de trabajo y de producción agrícola, ganadero y agroindustrial; la gran mayoría de ellos, que fueron miles, murieron seguramente en las montañas de la California, alejados de la fuente de vida humana: el AGUA.

 

     Es decir: la DIVISIÓN DEL TRABAJO NECESARIO ENTRE LOS SEXOS de las etnias pericú y guaycura en el sur peninsular y cochimí en el desierto central; por un lado el trabajo de las mujeres indígenas en la caza menor, la recolección de frutos y moluscos, y por otro lado, el de los hombres en la pesca y la caza mayores, fueron gradualmente disminuyendo ante la falta de agua que los llevó a una muerte inevitable, a parte de las enfermedades traída por los colonizadores y  la violencia ejercida por algunos soldados que acompañaban a los jesuitas, como aquella de 1734 cuando se dio la rebelión  anticolonial pericú iniciada en la Misión de Nuestra Señora del Pilar de Todos Santos y que se extendió a las Misiones de Santiago y de San José del Cabo, en un intento de resistencia y defensa del territorio indígena en el sur peninsular que llevó a la muerte por los indígenas de los padres jesuitas Lorenzo José Carranco y Javier Nicolás Tamaral, hecho que enfureció al gobierno central, enviando al ejercito colonial encabezado por el gobernador de la Provincia de  Sinaloa y Sonora Manuel Bernal de Huidobro, que en muy corto tiempo aplacó a rebelión.

 

   Regresando a los inicios de la economía agropecuaria, históricamente, con el descubrimiento de la agricultura y la ganadería (entre 15,000 y 10,000 años a.c, y en Mesomérica la agricultura entre 7000-6000 años a.c.) no solo se asegura el PRODUCTO NECESARIO para la subsistencia sino que aparece el SOBREPRODUCTO SOCIAL, un excedente que crea las condiciones para el cambio, y por consecuencia, un mercado embrionario. No sucedió así en la California: consumado el despojo del mundo indígena y establecido el sistema misional como unidad económica y evangelizadora, los jesuitas no lograron  construir un mercado, es decir, una ECONOMÍA DE VALORES DE CAMBIO, sino que  los productos agrícolas y ganaderos seguían siendo para el autoconsumo, es decir, una ECONOMÍA DE VALORES DE USO; y el sobreproducto social agrícola y ganadero se utilizaba como reserva alimentaria cuando las condiciones se lo permitían   y para apoyar a las misiones que producían por abajo de lo necesario para la subsistencia. Podemos decir entonces, que en la California el producto agrícola y ganadero no se convirtieron en MERCANCÍA, como era de suponerse; y a lo existir el mercado, el dinero era innecesario. El único MERCADO donde participaban los Jesuitas era en el mercado desarrollado de la Nueva España continental donde adquirían la mayor parte de las mercancías necesarias para mantener las misiones (herramientas, vestido, madera, objetos de culto, hierro, papel, tinturas) que en su inmensa mayoría se comparaban con el Fondo Piadoso de las Californias con el que las familias pudientes de la Nueva España sostenían el sistema misional de la California, como había sido el acuerdo cupular entre la corona española y la orden religiosa de San Ignacio de Loyola.

 

     Adelantamos que el producto del trabajo humano, que hemos dado en llamar producto necesario y  sobreproducto social por su utilidad, tiene un VALOR DE USO, mientras que el sobreproducto social que resulta del trabajo humano y se destina para el naciente mercado, tiene a la vez un VALOR DE CAMBIO que se puede expresar en el mercado con otro valor de uso (trueque) o a través de un expresión monetario (dinero); es en ese sentido que hablamos de una ECONOMÍA DE VALORES DE USO o de una ECONOMÍA DE VALORES DE CAMBIO.

 

    Habrá que destacar en la ECONOMÍA MISIONAL, la excepción de un mercado subterráneo de perlas hacía el macizo continental ejercido por algunos soldados y tolerado por los jesuitas casi desde que se instaló el sistema misional en Conchó que empezó a generar un proceso incipiente de acumulación de riqueza, siendo el caso más conocido, el de un soldado llamado Manuel de Ocio quien había llegado a la Misión de Nuestra Señora de Loreto, que se encargaba de comerciar las perlas que recolectaban los indios californios para venderlos en la contracosta continental de la Nueva España dando forma a una especie de capital mercantil incipiente (D-M-D´, donde D´-D=d); pero que al paso de los años se fue gradualmente acumulando, de tal suerte que a mediados del siglo XVIII fue este personaje quien organizó el primer pueblo no misional, civil, en el sur a la península de la California, cerca de las Misiones de Nuestra Señora del Pilar  La Paz y de Todos Santos, en un lugar conocido como Real  Santa Ana donde se habían descubierto vetas de mineral de plata en 1748 y a partir de entonces empieza un primer poblamiento civil que se asienta en ese primer pueblo minero donde se produciría plata pasta por el método de patio, donde llegaban del macizo continental novohispano, trabajadores,  alimento, vestido, equipo  y herramienta por el embarcadero que habían construido los jesuitas en el puerto de La Paz pero que había quedado abandonado al trasladarse la Misión  a Todos Santos; está  documentado que durante tres décadas, entre 1753 y 1783, Manuel y Antonio de Ocio manifestaron a la hacienda virreinal de la Caja Real de Guadalajara la producción de 40 mil 817 marcos de plata (9.3 millones de gramos) que se produjeron en el mineral de Santa Ana con el objeto de venderse y obtener con ello una ganancia en el mercado novohispano.

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Vestigios del pueblo minero de Santa Ana donde trabajaron entre 200 y 400 mineros en la segunda mitad del siglo XVIII enganchados en el macizo continental novohispano. Fotos: Carlos Lazcano, “Santa Ana: pueblo olvidado donde se planeó la fundación de la Alta California”, El Vigía, 16 de marzo de 2019).

Esto quiere decir que a la expulsión de los jesuitas de la California por orden de la corona española, el pueblo minero cobró auge y los embarcaderos de los puerto de La Paz y Ensenada de Muertos se reactivaron para el embarco de plata y desembarco de alimentos, vestido y equipo; la consecuencia inmediata fue la transformación en MERCANCÍAS de los productos agrícolas, ganaderos y agroindustriales, de las antiguas Misiones de  Todos Santos, Santiago y San José del Cabo,  formándose un mercado que abastecía de alimentos los pobladores del mineral de Santa Ana que no eran pocos; pero además,  nacieron los ranchos sudcalifornianos de particulares incluidos los  cercanos al mineral para la crianza de ganado bovino y caprino principalmente que coexistía con la siembra de frutos, legumbres y en menor medida de granos.

 

     Como el puerto de La Paz había quedado abandonado por la Misión, aunque se utilizaba su embarcadero, se fortaleció con mucho el puerto de San José del Cabo como puerto de cabotaje desarrollándose un comercio marítimo por este puerto, y en la jurisdicción del mineral de Santa Ana por ejemplo, está documentado que en la década de 1780 había en los ranchos cercanos 1 mil 657 cabezas de ganado y aunque la producción agrícola no era tan grande, ahí había 520 plantas de uva, 10 árboles frutales , 75 higueras y algo  de  maíz; se documenta también al inicio de esa década que Manuel de Ocio tenía dos ranchos con 280 cabezas de ganado y otros dos rancheros, José Antonio Velasco y Juan María Miranda tenían cada uno 74 y 18 cabezas de ganado; y así en el resto de la región peninsular, mientras que en otros ranchos ganaderos particulares cercanos a San Ana había 14 ranchos con 436 cabezas de ganado y 9 ranchos agrícolas, lo cual supone la permanencia de un mercado simple agropecuario en los alrededores del mineral de Santa Ana; y un mercado marítimo por el puerto de San José del Cabo donde entraban y salían mercancías, aunque eran muy pocos los comerciantes del puerto que realizaban esta actividad con el macizo continental de la Nueva España, se habla de unos cuantos, como Julián Galindo, Rafael Marrón, Antonio de Ocio, que también era propietario privado minero, y Juan Manuel Ibarra; se trata, todavía, de un incipiente comercio local, que ya anunciaba lo que sucedería en el siglo XIX. A diferencia de la época de la economía milenaria de apropiación y de la economía misional, inicia la apropiación privada de la tierra y de las minas.  

 

     La asimetría histórica es irrefutable: hasta finales del siglo XVII las economías  agrícola, ganadera, agroindustrial y  manufacturera se había extendido en buena parte del planeta, y con ellas la producción y distribución de mercancías; sin embargo, en la California la población indígena seguía practicando una ECONOMÍA DE APROPIACIÓN, cazadora, recolectora y pescadora, desconociendo por completo el mercado y las mercancías; más tarde, a  fines del siglo XVIII mientras que en Europa el CAPITALISMO  se consolidaba en Inglaterra con la revolución industrial; en la California  apenas iniciaba la formación del MERCADO LOCAL y el intercambio simple de mercancías (M1-M2; M1-D-M2) con un incipiente circulante monetario en metálico y un capital comercial local que apenas empieza a formarse (D-M-D´, donde D´>D).

 

 

La Paz, Baja California Sur, a 11 de febrero de 2021.

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